Del afiche, el rol de imagen y otras divagaciones

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por Jean Paul Brandt, Coordinador General de Afichile

No son muchas veces atractivos. A veces ni siquiera parecieran ser extrovertidos como se suele pensar. Lo hay absortos, torpes y amorfos, aunque no por eso menos audaces. Los hay elegantes y sobrios, también extravagantes y pretenciosos. Algunos son verborreicos y deslenguados, otros callados y taimados. Asimismo, también están los súper modelos, los salvajes, los romanticones y los de la lágrima a flor de piel. Viven entre nosotros, se muestran y desaparecen como nosotros. Casi casi como mirarse a un espejo, o el ombligo en su defecto, el cartel, afiche o póster -para los más cool-, ha tenido un rol de personificación y reflejo del acontecer social desde antes incluso de ser bautizado como tal.

A diferencia de una obra sensible exclusivamente artística, introspectiva y autorreferente, el cartelismo desde el diseño ha intentado sintetizar ideas concretas, incisivas y propositivas. Éste no busca una verdad supra artística ni filosófica, tampoco exhibirse en el hall de alguna galería con su monóculo y gorro de copa, necesariamente. Tanto en el ámbito político, religioso, del entertainment o comercial, el afiche ha sido una suerte de “justiciero” enmascarado que ha intentado de ser el portavoz de ciertos clamores sociales, tanto populares como de las elites. Los menos románticos dirán que el afiche no es sino el compañero maletero que tira proyectiles de papel desde el final de la sala de clases y se esconde detrás de los otros para no ser pillado. Sin embargo, para cualquier efecto, el cartel es fiel representante y vocero, desde la visualidad, de una visión de mundo en particular en un momento específico de la historia.

¿Ambiguo aún? Tal vez ¿Persistente a la historia? Sin duda. Me explico: La Literatura de Cordel de Portugal y España del siglo XIX retratando hechos noticiosos acompañada por algunas imágenes, eran ya luces de un cartelismo insipiente. En la manoseada Lira Popular, heredera del mismo fenómeno, podríamos reconocer de igual forma y sin mayor problema los elementos básicos de un cartel: texto e imagen, impresión en papel y exhibicionismo público. En una forma más concreta aparecen, por ejemplo, los afiches comerciales pos Revolución Industrial en el Reino Unido. Lo que dejó la Belle Époque al final de la guerra franco-prusiana a finales del SXIX, o los mismo registros gráficos de nuestra propia Belle Époque criolla y el ensalzamiento de la clase dirigente. Todo todo registrado por curiosos carteles que acompañaron visual e ideológicamente la historia y el acontecer, donde los personajes que aparecían retratados podían ser válido motivo de tanto de loa como de crítica, o incluso burla para los menos afortunados.

Nunca lo suficientemente prolijos ni delicados como para ser considerados una obra de arte dignos de una galería, el afiche ha sido más bien un acto de resistencia y de anarquismo ideológico-visual. Una suerte de performance que va más allá de la imagen en sí misma sino que también conlleva el acto del anonimato y  la puesta en escena que, al menos en sus orígenes, tiene lugar en las calles. El afiche guerrillero de resistencias y/o respuestas políticas ya es un clásico en nuestra historia nacional. Aunque también de carácter mundial.

Hoy por hoy el escenario del cartel es un tanto distinto. Vivimos es una época donde la imagen está en crisis. Donde la globalización, la tecnología y el consumo visual nos tienen estética y emocionalmente atrofiados. Al menos en el Chile de los años setenta aún algunos eran capaces de conmoverse con los afiches de Mario Quiroz y la Polla de Beneficencia,  la gráfica social de los hermanos Larrea, las ilustraciones del Flaco Albornoz o los trazos de brocha gorda del Mono González. Hoy cuesta más. Mucho más. Lo veo en mí como audiencia, lo veo en mis colegas como diseñador, y lo veo en mis alumnos como docente. Vemos tanto durante el día que en realidad no vemos nada. Estamos borrachos de información, y sin un trabajo apropiado y atingente a nuestra época seguiremos con nuestra capacidad de apreciación y asombro en la más lamentable decadencia. Edmund Burke a finales del SXIII nos entregó un tratado sobre la belleza y lo sublime a propósito de conceptos que nos llevaban a “estremecer el alma”. Como la inmensidad, lo magnánimo, la soledad el vacío y el infinito. Una fórmula infalible desde el desasosiego romántico. Hoy, aquella fórmula está en crisis. Estamos helados de asombro y conmoción. Las imágenes cargadas de belleza, dolor, sufrimiento o violencia han colapsado nuestra empatía, y los medios juegan un rol fundamental. Luego de liberada la fotografía de Nilufer Demir sobre el niño Alan Kurdi, muerto en la costa de una playa turca, el Director de Edición del diario inglés The Independent, Will Gore, explicó que “lo correcto es que rara vez publiquemos fotos de un niño muerto, de lo contrario pierden su poder” (BBC). Suena terrible, pero tanto para la producción gráfica como mediática informativa, las imágenes han decaído, y cada vez hay que ser más selectivo y cuidadoso en qué y cómo mostrar algo.

Julián Naranjo, por ejemplo, es una de aquellas almas que ha aprendido y visto oportunidades en estos tiempos de crisis. Su imaginación y técnica van de la mano del acontecer. Tarea dura, titánica. Chillanejo de tomo y lomo y forjado en California, Naranjo es uno de los mejores afichistas/cartelistas/artista gráfico –o como se quiera–, de nuestro joven y sabroso país. Ajeno a la política de los setenta por vivir en el extranjero, su influencia en la gráfica nacional venía desde la otredad. El trazo grueso, los colores propios del muralismo latinoamericano y la representaciones figurativas nunca fueron parte de su configuración. Por el contrario, trabajaba con un lenguaje retórico dentro del marco de la deconstrucción y la anomalía. Heredero de tradiciones e influencia de múltiples generaciones, Naranjo ha sido y es referente y estandarte aún del cartel nacional. Digo, no por nada ha sido el único diseñador que ha podido hacer una retrospectiva de 80 de sus más de 400 afiches de sus últimos 35 años. Se dice que no hay mejor afiche que aquel que es robado, y Julián Naranjo ya tiene bastantes pérdidas a cuestas.

Asimismo, pese a ciertas complicaciones contextuales propias del mundo del arte y las humanidades, durante los últimos años veo que el afiche tiene una nueva y joven personalidad. Algo más refinada y pretenciosa tal vez, pero no por eso menos interesante.

Si bien es cierto que la imagen está en crisis, no es menos cierto que gracias a talentosos e interesados artistas, gestores, algunas instituciones y la apertura de algunos fondos tanto públicos como privados, el cartel a intentado alcanzar esta nueva vida útil. Sin perder necesariamente su valor popular, reactivo y, en algunos casos, anónimo, el afiche hoy ha ganado su derecho de circular en su condición de obra/pieza de arte/diseño, extendiendo su margen de acción a infinitas posibilidades, ahora dignos del galerismo y de la frivolidad decorativa. Que, ojo, es algo positivo.

Es precisamente en este punto donde nosotros, como Afichile, entramos en acción.

Afichile nació hace un par de años desde la motivación de unas pocas almas por reivindicar y posicionar al cartel nacional como un fenómeno cultural. Al principio fue una labor lenta, de poco rédito y algo insipiente, como todo emprendimiento me imagino. Sin embargo, con trabajo duro, tiempo y algo de buena fortuna, nos fuimos dando cuenta que había efectivamente un interés por el cartelismo que no era menor, y que era transversal y multidisciplinario en distintas audiencias y generaciones.

Muy de a poco pudimos comenzar con exhibiciones de afiches a baja escala, en salas amigas, bajo círculos bastante cerrados. Luego vino lo grande. El 2014 tuvimos nuestra primera exposición internacional de afiches en EEUU. Se llevó una muestra de casi 40 obras a la Universidad de Millikin, en Decatur Illinois, junto con una charla sobre el diseño del arte en Chile.

Tenemos muchos artistas nacionales que han podido exportar su trabajo a distintos lugares, pero esta era la primera vez que existía una organización nacional que gestara muestras de afiches en el extranjero. Bajo la misma línea el 2015 se generó otro convenio pero esta vez en Ane Lloyd Gallery del Art Council, también en Decatur. Con excelentes resultados.

Este año, 2017, durante el mes de julio, como parte de la celebración de los 100 años del natalicio de Violeta Parra, se hizo una de las convocatorias más grandes para un concurso público de afiches, junto con el apoyo del Área de Diseño del CNCA, UTEM, Chile Diseño y Afichile, obviamente. Fueron más de 600 los participantes entre Chile y el extranjero, contando con diseñadores destacados, artistas, estudiantes, escolares y entusiastas de distintas áreas. La selección fue de alrededor de 30 obras más otras de invitados de trayectoria, tales como Andrew Lewis (Canadá), Alicia Machicao (Bolivia), Mono González (Chile), entre otros. La muestra incluyó 3 ganadores más 1 mención honrosa, todos premiados, y ha tenido como sede inicial el Museo Violeta Parra para luego ser llevada a la UTEM en el mes de agosto, a la Biblioteca de Santiago en Septiembre, y ya en octubre a regiones.

Son precisamente este tipo de eventos y esfuerzos los que nos llevan a dar la nota alta en el debate sobre la importancia de ciertas prácticas. Asimismo, son estas iniciativas las que sirven para dar vitrina a la producción emergente y funcionar como catalizador permanente de jóvenes talentos. Sin mencionar que los artistas de trayectoria también tienen su espacio. Creo, muy personalmente, que luego del apogeo y breve gloria del diseño político en los tiempos de la UP, hoy es ese otro momento donde el diseño de afiches puede llegar a la gente de manera personal, abierta e inclusiva. Tal vez no tanto desde el radicalismo callejero, que aún no se ha perdido, pero sí como un fenómeno atractivo cultural. Donde se permiten ver visiones contemporáneas sobre cómo se está percibiendo nuestra sociedad hoy en día.

¿A qué voy con todo esto? Bueno. Hubo una conversación muy especial de la que participé con gente involucrada en esta muestra sobre Violeta Parra, y aunque ha sido uno de los objetivos principales de la curatoría, se reconoció públicamente que, y parafraseo, estaban sorprendidos de las distintas formas en las que se representó a Violeta Parra en la muestra. Completamente ajeno a lo que se esperaba. Expectantes por un lenguaje visual tradicional y representativo del folclor criollo, la muestra exhibió todo lo contrario. Lenguajes, técnicas y visiones contemporáneas de percepción. Lejos de la tradición setentera latinoamericanista, hoy podemos ver bajo distintos tipos de técnicas un sincretismo cultural-visual fuertísimo y de avanzada, pero sin perder, de alguna manera la proyección de la identidad nacional y de Violeta, por su puesto. El diálogo de la muestra es fuertísimo.

Así, de esta forma, es como nuevos e interesantes personajes han podido podido usar estos nuevos espacios e instancias para dar a conocer su trabajo a propósito de esta nueva oleada del cartelismo nacional. Me refiero a Álvaro Arteaga, Cristian Garrido, Diego Becas, o colectivos como Al Puerto o el Taller de Serigrafía Instantánea. No podría nombrarlos a todos, pero hay un capital sensible y productivo por el que vale la pena abrir ciertos espacios, tanto físicos, económicos como intelectuales. No hacerlo sería un desperdicio y una irresponsabilidad.

Ahora bien, insisto, el impulso no debe ir exclusivamente de la mano de ni para las nuevas generaciones, sino que el plato fuerte aquí es generar contenido a partir de la colisión de todas estas visiones y técnicas, y poder ver cómo pueden llegar a dialogar entre sí. Personalmente, es una excelente manera que tenemos de vernos como sociedad. Los artistas y diseñadores han cambiado, como en todo orden de cosas. Asimismo sus motivaciones y la tecnología detrás de cada uno de ellos. Por tanto que el reflejo ideológico de determinados momentos en la vida y la historia, cual encuesta, nos permiten apreciar gráficamente a través del afiche sentires y luces respecto del acontecer.

El cartelismo es un fenómeno con material de sobra para abrir el debate de su rol en nuestros tiempos. No importa que deambule por las calles gritando, semi-desnudo y algo borracho, o que esté sentado en una elegante sala empinándose un Aperol Spritz. Lo importante, creo yo, es que circule, se exhiba y, en el mejor de los casos, se conserve y se preserve.

Y este es otro punto importantísimo que, si me alcanzan los caracteres, me gustaría abordar. La digitalización ha sido una herramienta que ha venido a salvaguardar infinidades de datos e información que otrora era imposible de documentar. Estamos agradecidos, sin duda. Sin embargo, hay una lucha dantesca entre la conservación del original versus la obra digitalizada. Ojalá fuesen ambas; pero no. La tendencia digital ha menoscabado ciertos valores del sustrato que en estricto rigor son parte fundamental del diseño de una pieza. Aquí me voy a poner algo benjaminiano respecto de esta época de la reproductibilidad técnica. Yo sí creo que hay un valor inmanente en una obra, un aura dentro de cada original. Cada afiche tiene un contexto, un sustrato de impresión, una determinada tinta, desgaste, olores; una intensión y un propósito. Quitarle eso en una digitalización sería como una suerte de asesinato artístico por envenenamiento. Un cuerpo sin vida, una imagen muerta.

Dentro de la Facultad de Diseño de la Universidad Católica pareció abrirse una inquietud similar respecto de los afiches históricos, por lo que desde hace un tiempo decidió abrir un centro de registro y preservación del cartel nacional. Una gran iniciativa por cierto, ya que es abismante la cantidad de obras indocumentadas, perdidas y/o destruidas que alguna vez desfilaron por ahí. La misma inquietud fue presentada por la Biblioteca Nacional hace un tiempo, lo que demuestra que efectivamente el afiche se ha transformado en un foco de atención no menor y que merece un espacio y algunos cuidados. Insisto, juntos son uno de nuestros más atractivos espejos sociales.

Los afiches son explosiones informativas que intentan desesperadamente decir algo. En sus propios términos claro está. Oscar Ríos, por ejemplo, los trata como paladines de la justicia y la verdad. Para mí, son más bien pequeños regordetes y algo mal criados que necesitan de mucha atención. Pasarlos por alto los frustra y les rompe el corazón.

Así y todo, corren vientos favorables para esta noble práctica, y me alegra poder ser parte de la gestión de este movimiento.

 

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